Tomás Alcoverro

El joven Telémaco

Tomás Alcoverro y yo arrastramos desde hace décadas una discusión: establecer qué día o cómo nos encontramos. Él asegura que me conoció una tarde en la que me vio entrar en la sección del Extranjero en La Vanguardia, con pantalones bombachos y calcetines largos. Aunque no sirve de nada explicarle que aquél no era yo, sino Tintín, lo cierto es que yo a él le descubrí por esa época, en que acababa de llegar de El Correo Catalán, el jefe de la sección le había dado una foto para que escribiera su correspondiente pie y sus compañeros de sección habían decidido bautizarlo con el apodo de “el joven Telémaco” —el hijo de Ulises y Penélope—.
     Tomás Alcoverro tenía entonces un aire de poeta herido, lo que le llevaba, por una parte, a colaborar en todos los suplementos literarios que alcanzaba su vista y, por otra, a tratar las cosas materiales de la vida con absoluto desprecio, lo que suponía dar patadas a su coche, un 2 caballos, cuando no quería andar, y a alimentarse de cafés con leche en un cuchitril de la calle Diputación, esquina Rambla de Cataluña.
     Tomás Alcoverro y yo volvimos a encontrarnos en la Facultad de Derecho de Barcelona, donde yo entraba como activista-estudiante y de la que él salía como profesor adjunto de Derecho Internacional Público en la Cátedra de Pérez Vitoria. Por aquella época él ya había peregrinado a París, con ocasión de la revuelta de mayo. En el semanario que dirigía se hablaba sobre todo del “Mayo del 68” y del “despertar de África, Argelia”.
     Volvimos a coincidir a principios de la década de los años noventa en Argel. Él llevaba sobre sí una larga carrera como corresponsal de La Vanguardia en Oriente Medio, basado en Beirut, con un corto sobresalto de dos años en París. Nuestro reencuentro fue tan emotivo, que aquella noche nos olvidamos de que había toque de queda y continuamos hablando mientras paseábamos por el paseo de la Corniche, al pie del hotel Atleti. Nadie se atrevió a decirnos nada.
     Nos hemos vuelto a encontrar siempre: en Iraq bajo las bombas; en el Kurdistán cuando no entraba casi nadie; en medio del caos del entierro de Arafat; una y otra vez en Líbano, Siria, Jordania, Jerusalén, El Cairo, pero sobre todos nos encontramos a menudo en el salón de su casa de Barcelona, que es como la antesala de su corazón. El próximo 4 de noviembre, San Carlos Borromeo, Tomás Alcoverro volverá a cumplir 28 años. Le llamaré adonde sea para felicitarle. Él, invariablemente, al oír mi voz, responderá: “Querido amigo...”.

Ferrán Sales

 
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