Evaristo Canete

Rey del plano secuencia

Con un ojo ve en color y con el otro en blanco y negro. Y, además, ve dos mundos diferentes. Así es Evaristo Canete. Un ejemplar único.
     Hace ya varias primaveras viajamos a un centro de acogida de niños huérfanos en Mozambique. La monja española nos presentó a un crío que pronto iba ser adoptado por un empresario valenciano. Canete se acercó a él con el armatoste al hombro. Con su ojo empotrado en el visor en blanco y negro de la cámara enfocaba al protagonista del reportaje. Con su ojo en color, al chaval desamparado que aguardaba la llegada del mesías español.
     —¿Cómo te llamas? —le preguntó con su ojo en color.
     —Juan —le respondió inseguro el niño—. ¿Y tú?
     —Evaristo… Pero no es culpa mía. Fueron mis padres.
     Juan sonrió. Había perdido a su familia en unas inundaciones. Tenía una historia dura, aunque tampoco mucho más dura que la de millones de niños africanos. Nos encariñamos del chaval y él también de nosotros. Tanto, que al intentar despedirnos se colgó gimoteando del vaquero de Canete. No había manera de despegarlo. Hicimos de tripas corazón, le dimos esquinazo y nos largamos… En eso, somos especialistas los periodistas.
     Y en el viaje de vuelta a Maputo le escuché musitar al Canete: “Cuánto me alegro de haber nacido en San Adrián”. Eso sí que lo pensó con el ojo a colores. Joder, qué frase. Y dicha con ese tono suyo navarro sonó aún más contundente.
     Ese cuánto me alegro de haber nacido en San Adrián se lo he escuchado después decenas de veces. Nos ha servido de himno en muchos de nuestros viajes: mientras nos arrojaban piedras las abuelas pinochetistas en la comuna de Providencia del Santiago chileno; y bajo el estruendo de los misiles high-tech que surcaban el cielo de Basora; y en el desierto de Etiopía ante niños famélicos de vientres casi tan orondos como el suyo; y mientras velaba mi hospitalización en Kabul... Cuántas veces nos hemos alegrado de haber nacido en San Adrián…
     Vital. Simpático. Corajudo. Amigo de frases demoledoras. Canete es tipo de pocas palabras. Las justas. Y algunas de ellas, más que pronunciarlas, las gruñe. Pero es un dulce gruñón.
     Hombre pulcro como pocos. Hasta en la más árida de las guerras amanece ya afeitado y oliendo a la colonia ésa del barquito de corsarios. Lector voraz y exquisito en la mesa. De cada pueblo de España guarda, al menos, dos recuerdos: uno de ellos, el restaurante en el que mejor se come. El otro, queda amparado por el secreto de la amistad.
     Y por encima de todo, Canete es un gran reportero. Huele las verdaderas historias a kilómetros. Fino como ninguno con su ojo en blanco y negro. Escrupuloso con cada plano, con cada imagen, con cada movimiento… Es el rey del plano secuencia cámara al hombro. Arranca enfocando a Fulano y su ojo de colores busca ya a Mengano. Le deja hablar. Sus pies de bailarina del Bolshoi se deslizan sobre el barro y, a la vez, alza la cámara para descubrir a Zutano con su hijo. Y al fondo descubrimos su casa y, en el umbral, a la señora del tal Zutano y al resto de la prole… Qué maestro. Y todo enfocado y encuadrado. Mi reto siempre fue ponerle palabras cuerdas a tanta genialidad.
     Cuentan que del ojo multicolor saltaron algunas lágrimas durante la agonía de la pequeña Omayra. Nunca se lo he preguntado. Me da igual. De él sé que tiene la sensibilidad justa del buen reportero. Ni más, ni menos. La sensibilidad que te permite contar bien las buenas historias. Y tiene, a la vez, el arrojo suficiente para aguantar firme, sin dar un paso atrás, hasta que el olfato le recomienda dar media vuelta y así para poder contar esa historia. Ése fue, siempre, nuestro mejor chaleco antibalas.

José Antonio Guardiola

 
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