Diego Carcedo

El niño que quería ser pájaro

De niño, José Manuel Diego Carcedo (Cangas de Onís, 1940) quería ser pájaro y estudiar para boticario. Por suerte, tanto para el periodismo como para la medicina, nunca emprendió aquella temprana vocación farmacéutica. Pero su primer sueño se realizó plenamente. Y de pájaro desarrolló hasta el perfil, con altos y largos vuelos a lo largo de toda su vida. Un ave que no lograron cazar los fusileros falangistas de la Prensa del Movimiento donde trabajó —como yo en Pueblo, el diario de los sindicatos oficiales— durante la última etapa del régimen franquista, desde su aprendizaje en La Nueva España hasta su maduración en Pyresa y Arriba. Las posiciones democráticas, incluso de izquierda, que siempre mantuvo Carcedo se hicieron evidentes en informaciones tan comprometidas como el golpe de Estado y la represión militar de 1973 en Chile. Pero las acusaciones de compañero de viaje de los comunistas, lanzadas por los funcionarios de la dictadura, quedaban siempre amortiguadas por el prestigio de su buen hacer profesional. Finalmente, serían sus crónicas y reportajes en TVE las que le darían el mayor prestigio y una enorme popularidad, primero como enviado especial por todo el mundo y después como corresponsal en Lisboa y Nueva York. Lástima que abdicara de su maestría en ambos oficios, cediendo a la tentación de gestionar los medios informativos. Cuando accedió a la Dirección de los Servicios Informativos de TVE —un puesto siempre difícil e ingrato—, se convirtió en mi jefe. Y me confesó que se moría de envidia cada vez que me firmaba unas dietas de viaje, sintiéndose amarrado a su sillón. Sin embargo, nunca volvió a los escenarios de tensión y, lejos de rectificar, continuó dedicándose al periodismo de despacho. Otra vocación que sentía de antiguo y ya había mostrado al presidir la Asociación de Corresponsales en Lisboa. Aunque menos brillante a los ojos del público, su balance presentaría logros como la creación de Radio 5, primera emisora española dedicada exclusivamente a la información, cuando dirigió Radio Nacional de España (RNE). Más sorda y política sería su larga actuación representando al PSOE en el Consejo de Administración del ente público. Pero nada haría que Diego dejara de escribir. Artículos de opinión, conferencias, libros de gran reportaje y, últimamente, ficción. Del reportero con prosa cuidada, que sabía describir con precisión el ambiente de las tragedias humanas más allá de los conflictos políticos, ha surgido tardíamente un escritor. Acaso porque las realidades que había vivido como periodista le resultaran demasiado duras o lejanas, o porque ya las hubiera narrado de forma inmediata, prefirió ambientar su primera novela (El niño que no iba a misa) en los escenarios de su infancia en Asturias. Reconocido con galardones tan importantes como el Cirilo Rodríguez, el Ondas o la Antena de Oro, sus viejos reportajes en blanco y negro han resistido el paso de tres décadas como lecciones del mejor periodismo (algunos, como los del final de la guerra de Vietnam, pueden verse en la web de Televisión Española, TVE). Lo que no puede consultarse —y queda en la memoria de quienes compartimos con él algunas situaciones de extrema tensión— es su comportamiento ético. Lo recuerdo en los días amargos del golpe militar en Chile, cuando escondió en su habitación del hotel Tupahue a Magali, secretaria del perro Olivares, muerto en La Moneda junto a Allende. Y podría contar sus actitudes solidarias en el turbulento Buenos Aires de la Triple A. O su constante empeño en ir un poco más allá en los inciertos frentes de Vietnam, consciente del riesgo preciso para retratar los horrores de la guerra. O su pulso medido para denunciar el terror del salazarismo desde los calabozos de agua de la PIDE, cuando el tardofranquismo miraba a Portugal con angustia. Ésas y tantas otras cosas hicieron de Diego Carcedo uno de los grandes reporteros, de los mejores cronistas de la prensa escrita y de los maestros que inventaron y perfeccionaron el modo de narrar en televisión.

Vicente Romero

 
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