Manuel Leguineche

 

Manu, en el corazón

 

Hace casi treinta años torturé a Manu obligándole a leer más de mil páginas sobre los corresponsales españoles en el extranjero desde que existe la imprenta, mi tesis doctoral, y le pedí que me escribiera el prólogo. En los diez folios que me envió está contado casi todo:

  • el privilegio que fue (como decía Oriana Fallaci cuando todavía palpitaba en ella un corazón de izquierdas) viajar al extranjero durante la dictadura, en la que casi ningún español podía hacerlo salvo como emigrante, exiliado o refugiado;
  • la suerte de que, por hacer algo que nos gustaba, encima nos pagaran. Poco, mal y, muchas veces, tarde, pero nos pagaban;
  • la adrenalina que produce el ver con tus propios ojos la guerra o la tragedia;
  • la posibilidad de contarlo, excepcionalmente en primera página o abriendo un telediario;
  • la devaluación que lo internacional sufrió en la transición cuando nos jugábamos algo mucho más importante aquí en casa: la libertad;
  • la esclavitud del transistor de onda corta, siempre pendientes de la BBC, más imprescindible que el dinero;
  • en ocasiones, el morbo o, como decía Dominguín, la droga del miedo;
  • mucho más que el miedo a morir, lo que quema y destruye al trotamundos, corresponsal o enviado especial, es el estrés de lo secundario: el teletipo, el teléfono o internet cuando dejan de funcionar;
  • las mentiras de los gobernantes y sus voceros, los hoteles inmundos y carísimos, lo jóvenes que son muchos de los amigos que ya se han ido, la pobreza y la miseria que padecen centenares o miles de millones de seres humanos.

Hay que ser, insistía Manu, hipocondriaco, sarcástico, jeremiaco y masoca para sumarse a este club de soñadores, ambiciosos, solitarios y faltos de cariño. A él nunca se lo dije, pero siempre he pensado que Manu, como el mordaz González Ruano y otros muchos de los mejores escritores del último siglo, sobrevivió a su larga travesía por ese infierno maravilloso del enviado especial refugiándose en la tierra (el paseo, la caza, la partida, la tertulia…), en los amigos, en el gran reportaje de prensa y de televisión, y, principalmente, en los libros.
     Desde niño se empapó de historias de guerras en las revistas de su padre. En cuanto pudo, empezó a viajar porque, como decía, citando a Freud, “uno viaja para escapar del padre”.
     En sus viajes, como tantos otros, encontró una especie de terapia, tiempo para reflexionar y un mundo por descubrir. Por encima de todas las carreras, en los viajes y en el periodismo descubrió, como los mejores de la tribu, según sus propias palabras, “una conjunción irresistible”.
     Desde El camino más corto, su primer libro —que él mismo describe en el último publicado (El club de los faltos de cariño) como “lo más importante que he hecho en la vida”—, hasta mis últimas conversaciones con él, en su casa de Brihuega, vigilados de cerca por la celosa gata Muki, Manu es para muchos de nosotros una especie de hermano mayor que se fue pronto de casa, pero que nunca dejó de escribirnos y siempre acabó regresando con los suyos.
     Ya sé que escribió para todos, pero lo hizo con un estilo tan personal y tan atractivo que cada uno recibimos sus palabras como si estuvieran escritas exclusivamente para nosotros.
     Supongo que tiene que ver con los personajes que eligió, con la riqueza de las anécdotas, con la huella de los testimonios, sus héroes y sus villanos, tantos rostros inolvidables, tantos recuerdos que alumbran el presente y tantas historias lejanas que parecen, de su mano, sucesos de esta tarde.
     Todo entrelazado, sin rupturas, con un humor dulce, un tanto socarrón, y el escepticismo de los mejores periodistas: ni cínico ni creyente, siempre buscando, siempre expectante, documentando cada página, cada entrevista y cada libro con una paciencia y una capacidad de sacrificio excepcionales.
     Afortunadamente, la profesión y la sociedad lo reconocieron concediéndole todos los premios periodísticos importantes y muchos literarios que existen en España.
     Nueve de cada diez periodistas —seguro que me quedo corto— viajan, escriben y hablan en periódicos, radio, televisión o internet de lo que hacen y, sobre todo, de lo que dicen los poderosos.
     Manu, como los mejores, que siempre son los menos, se pasó medio siglo cubriendo lo que hacen y dicen, sobre todo, las víctimas, los débiles.
     Hay pocos dictadores, tiranos y genocidas que no haya retratado, pero jamás se dejó tentar por las limusinas o por los despachos con los que los poderosos premian a los periodistas serviles, tan numerosos por nuestros lares, que olvidan la información por la propaganda y la verdad por toda clase de banderías o ideologías.
     Su despacho, su bandera y su ideología estuvieron siempre en las carreteras y caminos polvorientos de los terceros y cuartos mundos del Norte y, sobre todo, del Sur.
     Gracias a él, leyendo aunque sólo sea un poco de lo mucho que ha escrito (47 libros, según mis cuentas), en este mundo cada vez más peligroso y desigual de comienzos del siglo XXI es fácil distinguir a los buenos y a los malos, a los cuerdos y a los locos.
     En sus primaveras del Este, en sus tribus y en sus volcanes, en sus dioses y en sus demonios, en el apocalipsis de Mao y en tantas batallas del siglo XX por él contadas (desde Anual a Bagdad, pasando por Normandía) aprendimos lo que no suele aparecer en los mejores manuales de relaciones internacionales.
     Quiero creer, aunque me cueste, que para los millones de ángeles perdidos, para todos los niños destrozados en vida mucho antes de perder el cuerpo por las guerras y sus secuelas, a quienes dedicó el Premio Espasa de Ensayo del 96, mientras exista algún Manu Leguineche queda alguna esperanza.
     Fue uno de los mejores y, seguramente, el más modesto discípulo de la generación del Norte de Castilla de Delibes, su segundo padre, su punto de referencia, la persona de la que se acordó siempre que tuvo algún problema grave.
     La armonía que Delibes encontró en la tierra de campos vallisoletana, Manu la descubrió en la Alcarria de su gran amigo Camilo José Cela.
     En la escopeta, el perro y el amanecer donde Delibes redescubrió el Génesis tantas madrugadas, Manu se reconcilió con lo que más quería: la tierra y sus gentes, el equilibrio, tan raro, entre el ser humano y la naturaleza.
     Nunca fue hombre de muchos consejos, aunque siempre tuvo cerca a periodistas que se los reclamaban: los amigos enamorados echados de sus casas por señoras cabreadas, los frustrados por fracasos profesionales, los soñadores y emuladores que necesitaban estar cerca de él como si de un cargador de energía humana se tratara, antes de salir hacia el aeropuerto, camino del siguiente reportaje, de la siguiente guerra: Jesús Picatoste, Juan González Yuste, Luis Garmat…
     Autodidacta, vasco universal, alcarreño de corazón, independiente pero nunca neutral, solitario del que todos querían ser amigos… “Siempre quedan flecos, países por conocer y tragedias sin contar”, repetía, postrado en su lecho como viejo león herido en palabras de su hermano Vicente Romero, a un amigo común en el reportaje más bonito emitido en radio sobre su vida (Radio 1, programa “Siluetas”, junio de 2006).
     Recuerdo, como si fuera hoy, el día que le entregamos el primer premio Cirilo Rodríguez al mejor corresponsal y enviado especial español. “No me hagáis hablar ante todos, que me siento fatal. Además, vosotros habláis mejor.” No era verdad y él lo sabía.
     He conocido a pocos conversadores tan amenos, con memoria tan prodigiosa, capaz de recordar los detalles más rocambolescos de la historia, del cine, del periodismo y del deporte.
     Hoy entiendo mejor por qué huyó siempre de las luces y del ruido. “¿A qué viene tanta prisa?”, se preguntaba en Brihuega tras dar varias vueltas al mundo desde aquel lejano 1965. Y él mismo respondía: “Uno necesita el cronómetro para decir ¡basta, esto se ha terminado! Me da igual un mes, una semana o un año. Se ha terminado”.

Felipe Sahagún

 
Títulos del autor en Catarata:

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