Ángela Rodicio

Ángela en el valle de Josafat

La llamaban “niña Rodicio”. No era propiamente un piropo, sino una definición tocada de ironía. Fue la corresponsal más joven de TVE y conquistó a la audiencia con su aire de colegiala avanzada que pronunciaba los nombres de los jefes de Estado árabes como si fueran gallegos. Se convirtió en icono de los contadores de guerras, hasta que un maldito traspiés la apeó de los altares mediáticos y fue devorada por las envidias con efecto retroactivo. Rodicio recitaba sus crónicas poniendo voz de campañilla y mirando a la cámara con ojos chinos, pero su carácter áspero y su ímpetu profesional (siempre había querido ser la primera de la clase) la convirtieron, a los ojos de muchos, en dama de hierro del periodismo.
     Ángela Rodríguez González (Ángela Rodicio para la clientela de la tele) se fraguó como periodista en los escenarios más conflictivos. Creció en Bosnia, maduró en Iraq y consolidó su vocación en Jerusalén, donde abrió la primera corresponsalía de TVE. Andando el tiempo y las fronteras se hizo más internacional (y en los ratos libres, un poco italiana), pero mantuvo siempre el tono instruido y puntilloso en su trabajo. Daba la impresión de que “niña Rodicio” había nacido enseñada. Contaba sus crónicas de carrerilla, ataviada siempre al estilo de las corresponsales maduras de la CNN: un traje de chaqueta y fuera. Sólo se concedió una licencia, la kuffiya alrededor del cuello, gesto que algunos interpretaron como un guiño de mujer de izquierdas a la audiencia. Aquello le valió críticas, pero la periodista no se achantó. El pañuelo palestino tenía para ella el mismo valor decorativo que los pendientes largos de plata asomándose entre la melena. Rodicio desoyó las críticas: estaba demasiado ocupada trabajando. No era una presunción. Ciertamente Ángela fue una de las corresponsales que mayor volumen de crónicas despacharon en los sucesivos destinos profesionales.
     Era jabata y preconizó su independencia con ferocidad, pero la misma gallardía que la llevó al huerto del éxito, le gastaría después una mala pasada. Embravecida, “niña Rodicio” volvió al redil del “Pirulí” y repitió curso. De aquello hace ya bastante tiempo. Ángela debería regresar al valle de Josafat para contarnos de nuevo la guerra de los Seis Días.

Carmen Rigalt


 
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